Por Marta Martín
En 1822, el quinto presidente estadounidense, James Monroe, inaugura lo que a partir de ese momento sería la política exterior de EEUU, la doctrina Monroe, por la que América Latina y el Caribe quedaban bajo la esfera de influencia de EEUU, marcando el inicio de años y años de invasiones, golpes de Estado, intervencionismo, etc.
Desde entonces el imperialismo ha considerado a América Latina como su patio trasero y además de los golpes, las imposiciones de medidas de guerra, como los bloqueos o las medidas coercitivas unilaterales (sanciones), han sido una constante en la política exterior estadounidense tanto de demócratas como de republicanos.
Sin ir más lejos, el mandato de Biden se ha caracterizado por el uso de la fuerza militar para compensar el declive económico. Y la propuesta demócrata contra Trump, Kamala Harris, desde luego que no iba a suponer un cambio en la visión imperialista de EEUU en su política exterior.
¿Qué esperar de Trump? Ante un imperialismo en decadencia, con el fascismo como aliado, EEUU necesita la guerra y el conflicto para subsistir. Trump ha decretado en sus primeros 15 días de mandato la deportación del país de miles de migrantes, además de tratarlos de forma inhumana. Ha anunciado que quiere “recuperar” el Canal de Panamá, la imposición de aranceles de 25% a las exportaciones de Colombia y México, y volver a incluir a Cuba en la infame lista de países patrocinadores del terrorismo, entre otras medidas.
Estos anuncios contrastan con el desinterés que Trump mostró hacia América Latina en los primeros meses de su anterior mandato, en el que su atención regional se enfocó en buscar dar un golpe en Venezuela que nunca logró, medidas coercitivas unilaterales, aislamiento diplomático del presidente Nicolás Maduro y declaraciones sobre una “posible opción militar” para el país.
Sin embargo, en el inicio de este nuevo período está lanzando amenazas similares, incluso a quienes hasta ahora habían sido sus aliados en la región.
Ante estas decisiones, gobiernos títeres como la Argentina de Milei, Bukele en El Salvador o José Raúl Mulino en Panamá -quien ha dinamitado los acuerdos de la Franja y la Ruta con China- han elegido sumisión y plegarse a los intereses de Washington, aunque en el caso de Milei o Bukele no es algo que nos pueda sorprender.
Mientras, los gobiernos dignos de la región, como Colombia, México o Venezuela, de nuevo le han plantado cara al imperio y han decidido no quedarse de brazos cruzados ante esta nueva arremetida de la Administración Trump de llevar un paso más allá la implementación de la doctrina Monroe y le están demostrando que América Latina no es el patio trasero de nadie ante la política del “Gran Garrote” implantada por Roosevelt en 1901.
Lo que hemos visto en estas primeras semanas del mandato de Trump deja claro que es urgente que América Latina replantee sus alianzas futuras pero mirando hacia sí misma, hacia China y hacia la alternativa que ofrecen los BRICS.
Como señaló Fidel Castro: «Ante la realidad objetiva e históricamente inexorable de la revolución latinoamericana, ¿cuál es la actitud del imperialismo yanki? Disponerse a librar una guerra colonial con los pueblos de América Latina; crear el aparato de fuerza, los pretextos políticos y los instrumentos seudolegales suscritos con los representantes de las oligarquías reaccionarias para reprimir a sangre y fuego la lucha de los pueblos latinoamericanos”.
Por eso, hoy día, es más necesario que nunca que América Latina y el Caribe sienten las bases de una verdadera unión e integración latinoamericana y caribeña que les haga ser dueños de su destino contra la colonización, contra la explotación imperialista y contra la esclavitud: “Ayer fuimos enorme colonia; podemos ser mañana una gran comunidad de pueblos estrechamente unidos. La naturaleza nos dio riquezas insuperables, y la historia nos dio raíces, idioma, cultura y vínculos comunes como no tiene ninguna otra región de la Tierra” (Fidel Castro).