Según un informe del Instituto de la Universidad de las Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INWEH), publicado en febrero de 2026, el planeta ha cruzado un umbral irreversible. Ya no se trata de “escasez” ni de “crisis”. Es algo más profundo: el capital hídrico natural ha sido liquidado.
Durante décadas, advertencias sobre una “crisis del agua” circularon como ecos distantes. Pero esas palabras sugerían que, con suficiente voluntad, todo podría regresar a la normalidad. El nuevo informe rompe esa ilusión.
“La crisis implica que puedes volver”, dice su autor principal, Kaveh Madani. “La bancarrota significa que el pasado ya no existe”.
La metáfora es precisa. Al igual que en las finanzas, la bancarrota ocurre cuando se ha vivido más allá de los medios durante tanto tiempo que los ahorros se agotan y las deudas son impagables. En el caso del agua, los “ingresos” son los ríos, las lluvias y los acuíferos renovables. Los “ahorros” son los glaciares, los humedales, los suelos fértiles y los acuíferos profundos.
Y durante más de medio siglo, la humanidad ha estado retirando de ambas cuentas sin reponer nada.
Sistemas colapsados a escala global
Más de la mitad de los grandes lagos del mundo han perdido agua desde los años 90, afectando a una cuarta parte de la población global. Los humedales, esos “pulmones húmedos” del planeta, han disminuido en 410 millones de hectáreas en cinco décadas, casi la superficie de la Unión Europea.
La pérdida de servicios ecosistémicos se valora en 5,1 billones de dólares, más que el PIB combinado de 135 países pobres.
El 70 % de los acuíferos principales muestran tendencias declinantes. En más de 6 millones de km², el suelo se hunde por extracción excesiva, con tasas de hasta 25 cm por año en zonas urbanas. En ciudades como Ciudad de México o Yakarta, el terreno se desploma, dañando infraestructura y aumentando el riesgo de inundaciones.
Glaciares y nieve: el ahorro que se derrite
Desde 1970, el planeta ha perdido más del 30 % de su masa glaciar. En regiones como los Andes o el Hindu Kush, los glaciares que alimentaban ríos en verano están desapareciendo.
Más de 1.500 millones de personas dependen de ese derretimiento estacional para agua potable, riego e hidroelectricidad. Para ellos, el cambio no es abstracto: es la desaparición de su fuente de vida.
Agricultura en quiebra
La agricultura consume el 70 % del agua dulce. Más de 170 millones de hectáreas de tierras de riego, equivalentes a Francia, España, Alemania e Italia juntas, están bajo estrés hídrico extremo.
La salinización ha degradado 106 millones de hectáreas de cultivos, erosionando la seguridad alimentaria en zonas clave. Cuando los campos se secan, no solo se pierden cosechas: se pierden empleos, ingresos y comunidades enteras.
Sequía antropogénica
El informe introduce el concepto de “sequía antropogénica”: déficit hídrico causado no por falta de lluvia, sino por la degradación del sistema natural.
En 2022–2023, 1.800 millones de personas vivieron bajo sequía. Los daños anuales superan los 307.000 millones de dólares, más que el PIB de la mayoría de los países del mundo.
Aunque el volumen de agua parezca estable, gran parte ya no es usable: contaminada por aguas residuales, fertilizantes, metales pesados o salinidad.
En muchas cuencas, el agua que fluye es “un cinturón de contaminación”, no una fuente segura. El problema no es solo la cantidad, sino la calidad.
La humanidad ha empujado el ciclo del agua dulce más allá de su límite planetario seguro, junto con el clima, la biodiversidad y los suelos. Esto significa que el planeta opera fuera del rango que permitió el desarrollo estable de las sociedades humanas.
Gobernar la bancarrota
El informe rechaza la idea de “volver a la normalidad”. En su lugar, propone gobernar la bancarrota:
Admitir la insolvencia hídrica.
Proteger lo que queda: imponer límites duros a la extracción, restaurar humedales, proteger glaciares, frenar la contaminación.
Reconfigurar la demanda: transformar la agricultura, relocalizar ciudades, diversificar economías, abandonar modelos de crecimiento sedientos.
Garantizar justicia: asegurar acceso prioritario al agua para consumo humano y ecosistemas, y proteger a los más vulnerables de los costos del ajuste.
Y, crucialmente, cooperar globalmente. Porque el agua no respeta fronteras. Las cuencas transfronterizas requieren acuerdos nuevos, basados en la realidad hídrica actual, no en flujos del pasado.
Una oportunidad en la fractura
Paradójicamente, la bancarrota hídrica puede ser un punto de encuentro. Porque todos, países ricos y pobres, ciudades y campo, dependen del agua. Expertos instan a usar esta interdependencia para reconstruir cooperación en torno al clima, la biodiversidad y la paz.
Los próximos hitos, las Conferencias del Agua de la ONU en 2026 y 2028, el cierre de la Década del Agua en 2028 y la meta de los ODS en 2030, son ventanas críticas.