lunes 2 de marzo de 2026
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Alerta: Uso de Trump del petróleo como arma no es solo contra Cuba

Madrid (mundo obrero): El mundo debe estar en alerta, y esto incumbe a todos los países, desarrollados o no, amigos o adversarios, de que el bloqueo petrolero a Cuba de Donald Trump no es un arma sólo contra la isla para provocar un hambre calagurritana en la isla con intenciones malthusianas sino, además, un balón de ensayo para generalizarlo si la reacción internacional al secuestro de buques es tolerante para Estados Unidos.

Por Luis Manuel Arce Isaac

Para seguir ese juego iniciado con crímenes impunes en altamar con los hundimientos de naves pequeñas de cualquier tipo, siempre bajo el mismo argumento no probado de lucha contra el narcotráfico, y escalado con la incautación de buques petroleros “sancionados” por leyes estadounidenses extraterritoriales, Trump extendió por un año más la orden que autoriza la detención e inspección de barcos con destino a Cuba.
Es evidente que la isla ingresó con Trump en las prioridades geopolíticas de la Casa Blanca, de donde ya había salido con Obama y Biden, pero no solamente por el viejo y múltiple objetivo de doblegarla por hambre y enfermedades, sino además como una prueba de su dominio de los océanos, como una vez se jactó Gran Bretaña de ser la reina de los mares. Rendir a La Habana, es de nuevo política de estado priorizada por Trump.
Descartada una guerra nuclear bajo el criterio de que ya las reglas de paridad fueron rotas, y de que el factor cantidad, e incluso calidad, de esas armas, es irrelevante ante el desastre que se desataría a nivel planetario cualquiera que sea quien apriete primero el botón rojo, el dominio del mar vuelve a tener un protagonismo de insuperable importancia en el dominio de las rutas del comercio mundial y para las guerras convencionales.
El Derecho Marítimo, que regula el orden del uso de las aguas internacionales y la libre navegación, fue interpretado por Trump como un obstáculo a sus propósitos expansionistas y de fortalecimiento de su idea de reconvertir a Estados Unidos en potencia hegemónica, a contrapelo de una realidad muy cambiada y cambiante que ya no lo admite.
Su ruptura con el orden internacional, que incluye a la ONU, tiene entre sus propósitos estratégicos romper amarras con todos los derechos universales que considere le atan de manos, y el marítimo es uno de ellos.
Lo menos que se debe tomar en cuenta son los argumentos que Trump inventa para justificar ese bloqueo a Cuba. Es necesario no llevar el debate y la denuncia a su terreno, y procurar no alejarlo de lo sustantivo: desenmascarar y oponerse a su propósito hegemónico del dominio de los océanos, desmentir con hechos la supuesta eficacia de la teoría del miedo que practica. En ella se basa su advertencia que prohíbe la entrada no autorizada de barcos cargados de petróleo a aguas territoriales cubanas.
Es lógico, por tanto, que Trump enfatice en que la extensión de la orden mantiene vigente “la emergencia nacional con respecto a Cuba y la autoridad de emergencia”, falacia que utiliza para hacer creer que es legítima la detención de embarcaciones.
La detención e incautación de naves no van contra los cubanos, que de hecho carecen de flota, como tampoco la imposición de impuestos de castigo (no hay comercio con EE.UU.) a quienes envíen petróleo a la isla, sino en contra de los países que comercian con Cuba alimentos, medicinas, materias primas y petróleo, pero sus efectos sí golpean fuertemente al pueblo.
En su perfil sicológico, Trump repite con Cuba el mismo guion que con Irán, Venezuela, Ucrania y otros países en conflicto, cuando asegura, sin ser cierto, “estamos negociando y ya están aflojando”, y a veces lo expresa con palabras tan groseras que mencionarlas dan repugnancia. Con ello busca crear un reflejo condicionado sobre su presunta capacidad de hacer arrodillar al adversario, o de que obligó a este a rendirse.
La recomendación es que no se tomen a la ligera las intenciones de Trump sobre los ataques a las lanchas y la intercepción de tanqueros, que se pueden extender también a otros buques, como los que transportan cargas secas, pues se ha convertido en un adicto a apropiarse de lo ajeno.
La respuesta de organizaciones internacionales y tribunales casi silenciosa, como badajonazos en una campana neumática, a la captura de siete buques con petróleo, estimula a que esa piratería crezca. Trump aprecia un nivel de impunidad que estima no lo enfrenta militarmente a Moscú o Beijing.
Gracias a ello, la Casa Blanca continuará argumentando que los ataques, el abordaje y la incautación de los tanqueros y su valiosa carga, son acciones legítimas que nadie ha cuestionado ni litigiado, al igual que las sanciones extraterritoriales impuestas unilateralmente, y que eso le da el derecho a continuar haciéndolo, en especial contra lo que él denomina «flota fantasma», es decir, las que usan subterfugios de registros para evadir sus ordenanzas.
Uno de los grandes peligros que esa práctica ilegal encierra, es que la decisión de Trump puede tener un eco favorable en Europa tan necesitada de petróleo, y bajo argumentos iguales o parecidos comiencen a incautar tanqueros rusos y chinos y a usar su petróleo en las mismas condiciones que está haciendo la Casa Blanca con el crudo ajeno que ya está siendo procesado en sus refinerías en las costas del golfo de México.
La cuestión radica en que todavía está por probar si Rusia y China, aliadas en este trance, estarán dispuestas a permitir ataques a sus barcos que transportan petróleo, sea para vender o para comprar, y si, estimulados por Trump, Londres y París, e incluso Alemania e Italia, en verdad se jugarán el todo por el todo en tales aventuras en contubernio con Trump.
Hay rumores que suenan a locuras, pero no hay por qué dudar de su certeza, de que en 10 de Downing Street hay ruidos de sables, y que el jefe del Ministerio de Defensa, John Healy, está enceguecido con los actos de piratería de Trump en las aguas del Caribe, el Índico y el golfo Arábigo-Persa.
No existe confirmación oficial y todo hasta el momento parecen especulaciones, pero hay oídos agudizados de reporteros que aseguran haber escuchado que están en curso conversaciones secretas con colegas nórdicos y bálticos, para emular a Trump con la captura de petroleros presuntamente rusos.
Ojalá hayan escuchado mal porque Europa dejaría de jugar con la cadena y empezaría a hacerlo con el mono, que podría morderla con sus afilados colmillos.
También se escuchan en los pasillos de la casona del Downing chismes de que Davos dejó de ser interés de Trump y lo quieren reemplazar con la Conferencia de Seguridad de Múnich donde el secretario de Estado, Marco Rubio, transmitió el mensaje de su jefe sobre su deseo de establecer una nueva alianza con Europa, pero bajo el signo del sometimiento a Washington.
Si se confirman esos rumores, pronto se sabrán los nuevos peligros que amenazarán a Europa y al mundo. Si realmente se ha liquidado el consenso de Davos, y con ello el incierto equilibrio económico que prevaleció hasta Trump, el lenguaje de los tambores de guerra acallará al diplomático (que ya es un susurro, valga la aclaración), y volverán a imponer la fuerza bruta en la gran selva de rascacielos del viejo y del nuevo mundo.
Al respecto, son inquietantes los trascendidos de prensa, como los recientes del The Daily Telegraph, de que el jefe de las fuerzas armadas británicas, Richard Knighton, hizo referencias a una presunta preparación de la Royal Navy para abordar barcos rusos en el mar de Barents y en el Atlántico Norte, con lo cual parece que han perdido los límites entre la fantasía y la realidad, sobre todo si se trata de expropiar buques con ayuda de Estados Unidos.
Ojalá todo eso no pase de rumores porque, hipotéticamente hablando, ¿cuál sería la reacción del Kremlin? Cualquiera pensaría que ucranizar a Europa, como mínimo. Es que como hizo Biden, no les dejarían a Vladimir Putin muchas posibilidades donde escoger. La experiencia es la propia Ucrania y los amagos de la OTAN de cercar a Rusia.
Pero, en las condiciones actuales en las que Trump no oculta su interés de colonizar el hemisferio occidental y regringolizar a Europa, todo desde una posición antichina y antirusa, ¿tendrá Moscú que utilizar su marina de guerra para poder comerciar con el mundo y encender los siete mares hasta que sus aguas hiervan como para pelar pollos?
Por otra parte, también como hipótesis, si a pesar de todo Londres y París, y quizás otros aventureros, se deciden por la pólvora como ingrediente principal de la economía del poder, y no por la convivencia y la colaboración científica y tecnológica, ¿qué pasará con Europa? ¿a qué grado de confrontación la llevará el fin del consenso global o post Davos, y el consecuente agravamiento de una convivencia regional que ya está demasiado minada?
Hay mucho en juego y gran incertidumbre porque hacia donde quiera que se mire, la realidad apunta a la necesidad de suplantar las viejas estructuras sociales que están haciendo añicos los factores de equilibrio y diálogo, por el innegable hecho de que ya la eficiencia económica no es suficiente para sostener un modo de producción y unas relaciones sociales que no responden a este momento histórico.
La época de cambio se acelera, agota sus recursos, y esa dramática encrucijada pide a gritos el cambio de época. El canciller ruso Lavrov avizora el peligro y lanzó una alerta, no una advertencia, y debería ser tomar como tal y no como amenaza para no enturbiar las aguas, ya tan poco cristalinas.
La OTAN, dijo, se prepara seriamente para una guerra con Rusia y no lo oculta. Pero si Europa, en lugar de comprender sus errores y entender que en todo caso nos tocará vivir juntos, van a preparar esa guerra, entonces será totalmente distinta a la de Ucrania y con medios totalmente diferentes.
Ojalá que eso no llegue a concretarse, y que el dinero y los recursos que se invertirían para matar personas, se use para salvarlas, y la ciencia abandone las fábricas de armas, incluidas las nucleares, y busque la manera de que los 25.000 asteroides que pueden estrellarse contra la Tierra, puedan ser desviados, y nuestro globo siga siendo el planeta azul que más brilla en lo alto de la bóveda celeste.

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