Editorial.
Su modus operandi es de sobra conocido. Cada vez que Washington baraja desencadenar una guerra global, la primera medida es asegurar suministros mediante el control de recursos naturales, especialmente en el continente latinoamericano, su histórico “patio trasero”. Con esa lógica, Venezuela, el país con mayores reservas probadas de petróleo del mundo y con minerales estratégicos, aparece como el objetivo principal. Bajo la excusa de combatir el narcotráfico y un inexistente “cártel de los soles”, asistimos a un acoso sostenido con el incremento de sanciones económicas, el cierre del espacio aéreo y una campaña permanente de ejecuciones extrajudiciales contra embarcaciones que surcan el Caribe, ampliada también a las costas del Pacífico, agrediendo a Colombia y a México. Solo así se entiende el cerco militar desplegado frente a las costas venezolanas y colombianas.
Trump y su gobierno operan desde una lógica hegemónica que combina fuerza e injerencia. La captura del petrolero venezolano con destino a Cuba, un acto de piratería internacional, se combina con interferencias electorales en países como Honduras o Argentina. Europa no es ajena a esta amenaza. Ya vemos cómo desde Estados Unidos se promueve el apoyo a opciones ultraderechistas sumisas, se presiona con aranceles si no se derogan leyes contrarias a los intereses de sus empresas y se exige a los países europeos que sostengan su industria militar y crisis económica.
En el actual sistema-mundo, EE.UU. administra guerra y subordinación. Defender paz y multilateralismo resulta una tarea urgente.