sábado 2 de mayo de 2026
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La guerra a la que Israel arrastró a Estados Unidos: cómo la resistencia iraní está derrotando al proyecto del Gran Israel

Caracas (Alma Plus) de violencia, no es un conflicto fortuito ni una respuesta proporcionada a una amenaza inminente.

Por Manu Pineda
Es, ante todo, una guerra que la entidad sionista israelí, guiada por su proyecto histórico de expansión colonial y supremacista, ha arrastrado a Estados Unidos. Durante la guerra de los doce días, de junio pasado y en su continuación actual, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha logrado imponer sus falsos argumentos a un inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, cuyo narcisismo neofascista tan permeable a los halagos, y debilitamiento por sus vínculos con la trama pedófila de Epstein, lo han vuelto completamente evidenciado como una mera marioneta del sanguinario Netanyahu.
Este le hizo creer que el enfrentamiento con Irán sería un paseo militar, que la República Islámica de Irán, su Guardia Revolucionaria y todo su entramado institucional se desmoronarían en cuestión de horas.
Trump, ávido de una victoria fácil y de la imagen de líder guerrero, compró esa ficción y, con ella, comprometió a toda la maquinaria bélica estadounidense en una aventura de la que ya no encuentra salida alguna que le permita sobrevivir políticamente.
Para entender las motivaciones profundas de esta agresión, es necesario situar el papel del sionismo y de su máxima expresión actual, Netanyahu.
El ataque a la República Islámica de Irán es un eslabón de una cadena de 47 años de intentos por derribar al principal obstáculo para su proyecto de dominación regional. Irán es la piedra angular del “Eje de Resistencia”.
Sin la República Islámica, sin su capacidad de disuasión, sin su apoyo a la causa palestina, a la resistencia libanesa y al pueblo yemení, el colonialismo sionista se enfrentaría a un escenario mucho más dócil.
El sueño del “Gran Israel”, ese mapa que extiende sus fronteras desde el Nilo hasta el Éufrates y que implica la subyugación o la expulsión de los pueblos originarios de la región, solo puede realizarse si se elimina a Irán como potencia regional independiente. Por eso, con un presidente estadounidense que combina el desprecio absoluto por el Derecho Internacional, la visión política de un magnate empresarial que concibe las guerras como una forma de hacer negocios, la debilidad cognitiva, la arrogancia de un narcisista y una afinidad ideológica con la extrema derecha israelí, Netanyahu vio la oportunidad histórica que había esperado durante décadas.
Lo que estamos presenciando es, en esencia, una guerra criminal que no admite atenuante alguno. Bajo el falso y cínico argumento de “liberar a las mujeres iraníes”, los primeros bombardeos arrasaron una escuela infantil de niñas, asesinando a cerca de doscientas pequeñas. Esa es la hipocresía del imperio neofascista que dice defender los derechos humanos mientras asesina niñas.
A esa masacre se han sumado el asesinato de gran parte del liderazgo político y militar de Irán, incluyendo al Líder Supremo de la Revolución, el ayatolá Ali Khamenei, y el bombardeo sistemático de infraestructuras civiles. En paralelo, Israel, con el apoyo de Estados Unidos, está bombardeando de forma masiva el Líbano, destruyendo los puentes y todos los accesos que unen el sur del Líbano con el resto del país, forzando el desplazamiento de más de un millón de personas (más del 20 % de la población libanesa), el asesinato de más de 1.000 personas y la incursión terrestre en el sur con la intención manifiesta de ocupar todo el territorio al sur del río Litani, aproximadamente un 10 % del territorio libanés.
Todo esto se suma al genocidio que están ejecutando contra el pueblo palestino en Gaza y a la operación de exterminio contra el conjunto del pueblo palestino. Es una agresión sionista secundada sin reservas por Estados Unidos, que pone su arsenal, su poder de veto en los organismos internacionales y su propaganda mediática al servicio de una coalición malvada, diabólica, asesina, que opera con la impunidad que otorga la posesión de las armas más sofisticadas, el patrocinio del mayor entramado económico-financiero-empresarial y la complicidad de los grandes medios de comunicación.
Sin embargo, y aquí está lo notable de esta coyuntura histórica, la respuesta de Irán está poniendo en valor algo que los estrategas militares occidentales no alcanzan a comprender.
A pesar de la desigualdad brutal en armamento, en recursos económicos y en capacidad de proyección militar, la República Islámica ha mantenido una capacidad de respuesta tremenda. La batalla entre David y Goliat se está librando hoy en Oriente Próximo y Medio, pero con los papeles dialécticamente transformados: los David son los pueblos palestino, libanés, yemení e iraní, que, con sus principios y su dignidad, sus armas asimétricas, su resistencia territorial y su capacidad de disuasión se enfrentan a un Goliat armado hasta los dientes que es la coalición criminal de Israel y Estados Unidos.
Lejos de doblegarse, Irán ha demostrado que su modelo de resistencia no depende de una pieza tecnológica concreta, sino de una estructura de alianzas regionales, de una profundidad estratégica y, fundamentalmente, de un pueblo que no concibe la rendición.
Desde el punto de vista del derecho internacional, esta guerra es una agresión ilegal en toda regla. Violenta la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza armada contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, salvo en legítima defensa ante un ataque armado previo. En este caso, la agresión fue iniciada por Israel con el apoyo directo de Estados Unidos, sin mandato del Consejo de Seguridad y bajo pretextos que no constituyen una causa de guerra legítima.
Es un acto de agresión que atenta contra la paz y la seguridad internacionales, y que vulnera de manera flagrante el derecho internacional humanitario al atacar deliberadamente a civiles, a infraestructuras esenciales y a bienes de carácter cultural. La comunidad internacional, en su conjunto, tiene la obligación jurídica y moral de condenar esta guerra y de adoptar medidas para detenerla, pero la estructura de poder en el Consejo de Seguridad impide que esa obligación se traduzca en acción.
Y es aquí donde emerge la paradoja más profunda de este conflicto: a pesar de su aplastante superioridad militar y económica, la coalición Israel-Estados Unidos está perdiendo la guerra. La está perdiendo en el plano militar, porque no ha logrado ninguno de sus objetivos estratégicos: no ha derrocado al gobierno iraní, no ha destruido su capacidad de respuesta, no ha logrado disuadir al eje de resistencia y, por el contrario, ha visto cómo sus bases militares en la región son atacadas, cómo el estrecho de Ormuz se convierte en un cuello de botella bajo absoluto control iraní y cómo la propia Palestina ocupada en 1948 recibe ataques que evidencian la vulnerabilidad del régimen israelí.
Pero la está perdiendo, sobre todo, en el plano político. Porque esta agresión criminal ha conseguido lo contrario de lo que pretendía: ha generado la cohesión absoluta del pueblo iraní en torno a su país, a su Estado y a sus instituciones. Frente a la destrucción y el asesinato sistemático, la nación iraní se ha unificado en un frente interno inquebrantable que ningún bombardeo podrá fracturar.
Además, esta guerra está generando contradicciones insalvables dentro de los propios Estados Unidos. Donald Trump, que creyó que este sería un paseo militar que consolidaría su imagen de líder fuerte, se ha visto arrastrado a un laberinto minado del que no sabe cómo salir.
Mientras él y su círculo más cercano se enriquecen aún más gracias a los contratos multimillonarios de las empresas petroleras y militares que financian su campaña, la guerra está hundiendo la economía del mundo y, de manera muy visible, la economía de la ciudadanía estadounidense.
La inflación, el aumento del precio de los combustibles, la presión sobre las cadenas de suministro globales y el costo humano de enviar miles de tropas a una guerra sin fin están generando un descontento social que amenaza con convertirlo en un cadáver político. De ahí las contradicciones grotescas en sus declaraciones: un día dice que la guerra está ganada, al siguiente ordena el envío de decenas de miles de soldados; dice que está negociando un acuerdo con Irán, mientras que Teherán niega rotundamente que exista negociación alguna, mostrando que esas inventadas conversaciones no son más que un intento desesperado por camuflar su derrota.
Trump anda como pollo sin cabeza, enredado en su propia retórica, mientras Irán va ganando en el terreno militar y político, incluso a costa de un precio altísimo en vidas humanas y destrucción material.
Pero es necesario ser absolutamente claros sobre lo que está en juego. La derrota de Irán en esta guerra no sería simplemente un cambio de gobierno en Teherán. La derrota de Irán significaría la desaparición de Palestina como causa y como territorio habitable, la sumisión definitiva del Líbano, la aniquilación de la resistencia yemení y, en última instancia, la reconfiguración total del mapa de la región.
El escenario que pretende la coalición agresora es el de una potencia dominante, “el Gran Israel”, con capital en Jerusalén y fronteras que se extienden a discreción, y a su alrededor una serie de países subordinados, verdaderos virreinatos como los del Golfo Pérsico, que aunque naden en el oro del petróleo, habrán cedido su soberanía real, su dignidad nacional y su autonomía política a cambio de la protección del imperio estadounidense y la aquiescencia de su señor regional israelí. Ese no es un escenario de estabilidad, sino de perpetuación del colonialismo, del apartheid y de la aniquilación de los pueblos originarios de la región.
Ante esta situación, el papel de las Naciones Unidas ha sido, cuando menos, vergonzoso, pero no por casualidad.
La ONU, en su estructura actual, ha sido incapaz de evitar esta guerra porque está diseñada para ser un instrumento inútil cuando los intereses de las potencias que poseen el derecho de veto están en juego. Estados Unidos, protegiendo a su aliado Israel, ha vetado sistemáticamente cualquier resolución que condene la agresión, que exija un alto el fuego o que establezca mecanismos de protección para los civiles.
El Consejo de Seguridad se ha convertido en un teatro donde se escenifica la impunidad de los poderosos, mientras los pueblos mueren bajo los escombros. La ONU, tal como existe hoy, no es una institución capaz de garantizar la paz y la seguridad internacionales, sino un reflejo fosilizado de la correlación de fuerzas surgida después de la Segunda Guerra Mundial, que necesita una reforma urgente, integral y democrática que le devuelva su capacidad de actuar en defensa de la humanidad y no de los intereses de las potencias agresoras.
La guerra que hoy se libra es, en definitiva, una encrucijada histórica. Frente a la coalición criminal de Israel y Estados Unidos, los pueblos de Palestina, Líbano, Yemen e Irán están sosteniendo una batalla que no solo define su futuro inmediato, sino el modelo de mundo que prevalecerá en las próximas décadas: si el de la dominación colonial y el genocidio impune, o el de la resistencia, la dignidad y la posibilidad de un orden internacional basado en la justicia y no en la fuerza bruta. La respuesta de Irán, a pesar del altísimo costo, está demostrando que la resistencia es posible, que la superioridad militar no es sinónimo de victoria y que el imperialismo, por más armas que acumule, puede ser derrotado cuando los pueblos se mantienen unidos en torno a su soberanía y su derecho a existir con libertad.

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